
En medio de una crisis hídrica que afecta a la Región de Coquimbo, una solución emerge desde la propia naturaleza: apostar por generar áreas pobladas de vegetación nativa.
En ciudades del secano como Vicuña, Illapel, Salamanca y Ovalle, estudios recientes muestran diferencias de hasta 10°C en la temperatura superficial entre sectores con vegetación y zonas sin cobertura vegetal.
“La vegetación tiene un efecto enfriador muy potente”, explica el climatólogo regional del Centro Científico CEAZA, Dr. Álvaro Salazar. “Dentro de la misma ciudad de Ovalle, imágenes satelitales muestran que la diferencia entre áreas verdes y áreas sin vegetación puede alcanzar aproximadamente 10 °C”, señala.
El hallazgo no es menor en un contexto donde los modelos climáticos proyectan una disminución de alrededor del 40% en la precipitación promedio histórica en la región de Región de Coquimbo. A ello se suma una reducción estimada del 10% en la cobertura de nieve y un aumento significativo de la temperatura, especialmente en zonas cordilleranas.

El resultado, advierte el investigador, es una menor disponibilidad total de agua en el futuro cercano y lejano.
Una “bomba de agua” natural
Entonces, ¿cómo logra la vegetación enfriar la ciudad?
Según Salazar, las plantas actúan como una especie de “bomba de agua”: extraen humedad del suelo y la liberan hacia la atmósfera. Este proceso incrementa la humedad del aire y reduce la aridez local, generando un microclima más fresco.
En cuanto a la evidencia, “se ha demostrado con satélites, con modelos climáticos. Son factores bastante importantes que determinan la importancia relativa que tiene la vegetación nativa, sobre todo dentro de los planes metropolitanos de la conurbación Serena-Coquimbo, de las comunas de Coquimbo y de Serena”, detalló el especialista.
Patrimonio e identidad
Más allá de su valor ecológico, la vegetación nativa posee una ventaja estratégica: está adaptada a condiciones de escasez hídrica.
“Tenemos un patrimonio que puede ser bastante interesante”, indica Salazar. “Existe competencia técnica en la región para desarrollar variedades estéticas que, al mismo tiempo, respondan a las necesidades hídricas de nuestras ciudades”.
El desafío no es solo plantar más árboles, sino repensar el diseño urbano con especies locales capaces de resistir el clima futuro.
En una región donde se espera menos lluvia, menos nieve y más calor, la vegetación nativa podría convertirse no solo en un elemento ornamental, sino en una de las defensas más efectivas contra el cambio climático.
Para Salazar, lograrlo “requiere una gobernanza, una organización que básicamente sea exitosa en un diseño de áreas verdes, una imagen que nosotros queramos tener como área metropolitana”.
